En el lago-al lado
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Algo hundido en un lugar espera, gente que pasa como el tiempo. Una voz silenciosa que narra este cuento de Wanda Chaves

Juan aparecía siempre, todos los domingos a las diecisiete horas estaba acá. A veces variaba, si era verano y hacía mucho calor, se aparecía a las diecinueve, y en invierno la misma lógica, pero más tempranito claro. Venía, me miraba un rato, un rato largo. Hacía gestos con su cara, movía sus ojos y sus manos, como que estaba diciendo algo.

Pero no decía nada. Se prendía un pucho, siempre después de todo el baile. Lo fumaba lento, tanto que a veces hasta yo quería dar unas pitadas de esas, parecían refrescantes. Aguantaba el humo unos segundos largos, y después, cuando lo soltaba, también parecía soltar parte de él, o algo que llevaba él. A los minutos de eso, se levantaba casi de un salto, agarraba la bici y empezaba a pedalear. Sin decir chau, sin mirar atrás, nada, se iba. Pero a la semana volvía y así era siempre. Parte del trato era que yo le guardara un lugar cómodo, seguro, tranquilo; y él, a cambio, me miraba. Me hacía sentir contemplado, me hacía sentir.

Es difícil en estos tiempos, nadie puede juzgarme. Ya no vienen a verme a mí. Acordate el Renacimiento, la gente venía a pintarme, a escribir sobre mí, a decir lo que yo les hacía sentir, y ya no es más así. Vienen a no verme. Ponele que a veces los turistas, los extranjeros, me devuelven un poco de entusiasmo, pero hasta ahí. Aparte los traen acá después de haber pasado por la República y no me parece.

Les quita la emoción y a acá solo llega un ay, qué lindo.

Respecto a la acusación de una supuesta condición artificial no quiero hablar. Es un tema muy serio, me tiene muy acomplejado aún hoy y no me siento cómodo ni preparado para abordar el asunto. Gracias. Porque después empiezo a hablar y no paro. A quién se le ocurrió que yo era culpable de la situación, yo soy la principal víctima de todo. Ustedes ya ni nos sonríen y pretenden que sigamos como si nada, así no es la cosa. Ya nadie se queda como si nada. Les aviso, les advierto. Te aviso, te anuncio//que hoy renuncio//a tus negocios sucios. Más vigente que nunca.

El viento ya está tomando cartas sobre el asunto.

Y de repente, Juan ayer no vino solo. Me sorprendió. Aah está re piola este lugar.

Viste boludo. Sentate acá.

Perdón hermano, no sé qué onda.

Tranqui boludo, estás enojado, está bien. Sí, pero ya me voy de tema a veces.

Por eso vengo para acá amigo. Mira el agua. Yo vengo todos los domingos a las cinco de la tarde a prenderme un pucho y mirar el agua amigo. Te juro. Mirala, está quieta, tranquila, parece que habla. Si haces mucho silencio, y por suerte este lugar es re tranquilo y siempre está libre, podes escuchar el sonido que hace. Es relajante amigo. Esta es mi terapia amigo.

Gracias amigo.

Ahí me di cuenta, dije claro. Con Juan tenemos una relación. También la tendré con los demás que vienen cotidianamente.

—--

¿El señor que viene a dormir, a veces, al lado mío?

¿La pareja que viene a pelear para terminar siempre a los besos sucios cochinos?

¿La que viene a usar el celular y ni me registra?

¿La nena y el bebé?

¿Las dos abuelas?

—--

También está la que viene a usar el celular, no saca la cabeza de ahí.

Aunque yo sé que ella me contempla, levanta la mirada cada tanto. Pero ni ella me entiende. Aunque trata, pero no entiende. Nadie entiende. Ni yo. Porque no puedo. Yo estoy quieto y ellos a un lado.

Wanda Chaves

Platense nacida en Julio del 2001. Hoy estudio Letras en la UNLP.
Hace 10 años que tengo el mismo número de teléfono; soy bastante charlatana y también contempladora.
La mejor sensación es la que tenemos cuando conocemos algo nuevo.

Notas de la autora

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