Aunque separadas por océanos y contextos culturales, Alfonsina Storni y Virginia Woolf compartieron una sensibilidad feroz frente a los límites impuestos a las mujeres en la literatura y en la vida. Ambas eligieron el agua como símbolo final de sus existencias, pero antes de sumergirse en ella, tejieron obras que desafiaron el canon, exploraron la angustia, la lucidez y el deseo de libertad.
Alfonsina Storni (1892-1938) y Virginia Woolf (1882-1941) fueron escritoras que desde contextos culturales distintos compartieron una misma urgencia: la de nombrar lo innombrable, cuestionar todo lo establecido y abrir espacios para la subjetividad femenina en un mundo literario que estaba dominado por voces masculinas.
Alfonsina Storni nacida en Suiza, pero criada en Argentina, se convirtió en una de las grandes poetisas latinoamericanas. Fue una figura clave del modernismo hispanoamericano con una poesía que evolucionó desde el romanticismo hacia una voz feminista, critica y vanguardista.
Se enfrentó desde joven a una vida marcada por la precariedad económica y los prejuicios sociales. Fue madre soltera en una época en que eso implicaba un fuerte estigma y trabajó como maestra, periodista y actriz para sostenerse.
Virginia Woolf nació en Londres en una familia intelectual: su padre era historiador y crítico literario, lo que le permitió crecer rodeada de libros y pensadores. Aunque no asistió a la escuela formal, recibió educación en casa y desarrolló desde joven una pasión por la escritura.
Revolucionó la narrativa con su estilo introspectivo y experimental, usando el “flujo de conciencia” para explorar la mente humana. Llegó a plantear la idea de que toda mujer necesita independencia económica y simbólica para poder escribir, convirtiéndose en una voz clave del feminismo.
Aunque ellas vivieron en contextos distintos, Alfonsina Storni y Virginia Woolf compartieron una búsqueda común: la de poder escribir desde la libertad, romper con aquellos moldes impuestos y así poder abrir el camino para otras mujeres.
Los paralelismos entre estas autoras comienzan en la adolescencia, etapa en la que ambas enfrentan pérdidas familiares que marcan profundamente sus vidas y sus obras. En 1895, Virginia Woolf tenía apenas 13 años cuando falleció su madre. Dos años más tarde falleció Stella, su media hermana que había asumido el rol materno en el hogar. Estas dos grandes pérdidas son los desencadenantes del primer colapso nervioso y su posterior hospitalización.
Diversos estudios señalan que su trastorno bipolar también estuvo vinculado a los abusos sexuales sufridos en la infancia por parte de sus dos hermanastros, cuando tenía apenas seis años. Esta experiencia traumática puede verse a través de sus novelas, donde los personajes masculinos suelen aparecer como figuras que demandan algo que las mujeres no están dispuestas —o no pueden— entregar.
De manera similar, Alfonsina Storni atraviesa una pérdida significativa tras la muerte de su padre. Poco tiempo después, a los 16, durante una gira teatral, sufre acoso sexual por parte del representante de la compañía. Años más tarde esto puede verse a través de su poemario Ocre, donde escribe: “disminuida, atáxica, robada, en tu pura pureza violada”.
Estos acontecimientos dolorosos, junto con otros que vendrían después, fueron canalizados por ambas autoras a través de la escritura. El trauma del abuso sexual condicionó su vínculo con el sexo opuesto, al que miraban con recelo no solo por la desigualdad estructural de la época, sino por el daño íntimo e irreparable que les había sido infligido.
**La escritura como resistencia **
Alfonsina y Virginia. Poeta una. Escritora la otra. Tomaron a la escritura como un acto de subversión; para ambas, la escritura fue un refugio, arma y espejo. Aquel espacio donde podían existir libremente sin pedir permiso. Sabiendo que escribir siendo mujer significaba transgredir, que por fin cada texto estaba ocupando un espacio que se les había sido negado, y que al llevarlo adelante estaban abriendo el espacio para otras. Ya sea superando los estereotipos femeninos, poniendo a la vista la invisibilidad de las mujeres en la historia, así como también la necesidad de la independencia simbólica y económica.
Woolf lo expresó con claridad en Una habitación propia (1929): “No hay barrera, cerradura, ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente”, revelando que para ella la escritura significaba una emancipación intelectual, una herramienta capaz de mover las estructuras que habían empujado a la mujer lejos de la historia literaria. Mientras que Storni, desde América Latina, también entendía y usaba la palabra como una forma de rebelión. En su poema “Tú me quieres blanca” (1918) interpela la doble moral que oprime a las mujeres: “Tu me quieres blanca, tú me quieres casta, tú me quieres alba”.


Ambas autoras pertenecen a una generación de mujeres que desafiaron los límites que se les fueron impuestos: Gabriela Mistral, Delmira Agustini, Juana de Ibarbourou, Victoria Ocampo, Simone de Beauvoir, entre otras, tejieron redes invisibles de pensamientos y sensibilidad que fueron transformadoras en la literatura como un terreno fértil para la reflexión feminista.
Así es como ambas autoras entienden y toman a la escritura como un espacio de afirmación del yo femenino, no domesticado por las normas sociales. Woolf lo hace desde el ensayo y la novela introspectiva; Storni desde la poesía lírica y la crítica.
El agua como símbolo compartido
Un elemento que une profundamente a Woolf y Storni es el agua. No solo como escenario de sus muertes, sino como símbolo poético de disolución, libertad y tránsito.
El agua aparece también a lo largo de sus textos como metáfora de lo femenino, lo fluido, lo inabarcable. Representado como un refugio, disolución, tránsito. Ambas autoras, marcadas por el sufrimiento psíquico y físico, encontraron en el agua una forma de regresar al origen, de fundirse con algo más grande que ellas mismas. Poniendo así que el agua no es algo que las destruye, las abraza y las rescata.
Virginia Woolf llenó los bolsillos de su abrigo con piedras antes de sumergirse en el río Ouse. No solo como un método para asegurarse de no arrepentirse, sino como un gesto poético, casi un ritual. Mostrando ahí una forma de doblegar el instinto de supervivencia, de entregarse por completo al silencio del agua.
Y aunque Alfonsina Storni no usó piedras, su caminata hacia el mar en Mar del Plata tiene una carga simbólica similar. Se adentro lentamente en las olas, como una deidad dispuesta a inmolarse en los brazos de Neptuno.
Alfonsina Storni y Virginia Woolf no escribieron en diálogo directo, pero sus obras de alguna manera se buscan, se rozan, se responden. Ambas entendieron a la escritura como un acto de libertad, una forma de existir sin pedir permisos. Una literatura que no sólo narra, sino que desafía, transforma y sobrevive; convirtieron el dolor en palabra, y la palabra en forma de resistencia.
En sus textos el trauma se vuelve forma, la angustia se vuelve ritmo, y la muerte símbolo;
volviéndose autoras del desgarro, porque no se quedaron en el sufrimiento, sino que lo transformaron en su legado.

