En el último tiempo hemos hablado en reiteradas oportunidades sobre los actores que juegan en los entretelones de los cambios geopolíticos que se están dando en el mundo. Decisiones que se toman en oficinas de lujosos edificios, entre un puñado de CEO’s que tiene repercusiones en la vida de miles de millones de personas.
¿Se podría poner nombres propios? Posiblemente, pero las dinámicas de la vida política mundial no depende de x cantidad de personas, sino de los lobbies, de las narrativas que se imponen para justificar tal o cual decisión política, de los intereses cruzados entre sectores de las diversas potencias, entre un larguísimo etcétera que complejiza la cuestión.
Tal como decíamos la semana pasada, en una guerra como la que vivimos, unos poquitos ganan (y mucho) y otros muchos pierden. Lo primero, lo inmediato, son las vidas que se pierden producto de las bombas. Eso es lo que se ve de inmediato y que no tiene marcha atrás. Algunos morirán por convicción, defendiendo su causa, su nación, sus creencias; otras y otros morirán simplemente por haber nacido en alguno de los países involucrados en el conflicto. Pero en casi ningún serán quienes tomaron la decisión de ir a la guerra.
Los nombres, las personas de carne y hueso, poco a poco comienzan a convertirse en una estadística. Tantos murieron acá, tantos allá, otros tantos más allá. Y para ese entonces, el trabajo mediático de despersonalización, de deshumanización del conflicto ya consolidó una narrativa. No importan los nombres, sino quién gana y quién pierde, y qué condiciones impone uno a otro.
Quienes analizan conflictos bélicos sostienen que la primera víctima en una guerra es la verdad. Y seguramente sea porque el control de las narrativas es neurálgica del conflicto. En parte es por ello que todo el tiempo se ve a Trump bociferando grandilocuencias como que ya destruyeron toda la capacidad iraní o que están ganando, pero resulta que al mismo tiempo pide (cuasi exigió) a sus aliados de la extinta OTAN que le ayuden a reabrir el Estrecho de Ormuz, controlado por Irán.
El punto es que no hay dimensión real de las reconfiguraciones geopolíticas que pueden resultar, no hay dimensión real del impacto o las consecuencias a mediano y largo plazo que puede tener esta guerra. Todo depende de cuánto dure, pero al menos en lo inmediato no se ve un final cercano. Irán, como país agredido, ha dicho en más de una ocasión que ahora son ellos quienes decidirán cuando termina. En tanto EEUU e Israel sigan atacando infraestructuras iraníes, y las respuestas caerán sobre todos los países de la región colaboren con el eje anglo-sionista.
Las bases militares norteamericanas fueron los primeros objetivos, pero le siguieron las infraestructuras petroleras y gasíferas, habitaciones de lujosos hoteles donde funcionaban centro operacionales, aeropuertos, y de continuar en esta vorágine difícilmente alguien podrá salvarse. Las consecuencias inmediatas fueron aumentos vertiginosos de los precios de los hidrocarburos y escasez, ahora ¿Qué pasará con los alimentos cuando los fertilizantes multipliquen exponencialmente sus precios? ¿O con los de otros productos necesarios, por ejemplo, para la fabricación de medicamentos? ¿O con productos utilizados en la industria tecnológica? Difícilmente seamos consientes del desbarajuste que puede significar.
Luego de esta guerra, dificilmente pueda separarse a EEUU de Israel en materia de política exterior. Si quedaba alguna duda de que se mueven en tandem, ya no debería haberla. Ambos países, prácticamente desde sus creaciones, han estado en guerra permanente. El Ente Sionista con todos sus vecinos y más allá y EEUU con prácticamente más de medio planeta. Y allí podemos ver un claro ganador: el complejo industrial militar anglo-sionista. Mientras más dure la guerra, más ganarán. Porque ninguno de sus CEO’s se sube a un avión o a un buque y va a combatir, todo lo miran desde bastante lejos como si fuesen ajenos al conflicto. Y lo mismo se podría decir de las industrias tecnológicas, de inteligencia, los grandes timberos de las financieras globales, los contratistas que luego serán parte de la reconstrucción del desastre ocasionado. Y ello sólo si la conflagración se mantiene en términos regionales y no escala otro peldaño para convertirse en un conflicto global que involucre a otras potencias.
Como contracara de la parte ganadora de la moneda, los grandes perdedores, nuevamente, seremos los pueblos del mundo. No sólo de los países que están involucrados directamente en la guerra, sino todos ¿A cuánto creen que se puede ir la inflación global con un barril de petróleo a más de 200 dólares? Y no sólo por lo energético, hay cientos o miles de productos que se hacen conderibados del petróleo o del gas, por ejemplo los medicamentos.
Cuando allá por 2025 decíamos que este año sería un año turbulento, nos quedamos cortos. Y los que vendrán, posiblemente serán aún peores. Y no es por ser tremendistas o apocalípticos. El sólo hecho de comprender que todo, absolutamente todo, subirá de precio, es apenas la punta de un iseberg más grande que el que hundió al Titanic.
Este sistema mundo, la modernidad, el capitalismo, están rotos y nos están arrastrando a todos cada vez a mayor velocidad. Nadie, absolutamente nadie se salvará solo de este lío. Y para muestra cabe un botón: Está circulando en redes la foto de un cartel pegado en la vidriera en una panadería en Irán, el mensaje escrito sobre el papel dice “Cualquiera que no tenga dinero o cuya tarjeta no funcione puede tomar su pan diario sin cargo. Mientras estemos vivos, nadie pasará hambre“.

