Reflexiones sobre los significados y el impacto que implica la modificación de la ley de presupuestos para mínimos para la protección de glaciares
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Por: Graciela Mandolini*

“La ética del bien común se plantea como una ética para la resolución del conflicto de intereses entre lo común y lo universal, lo público y lo privado. La ética del orden público y los derechos colectivos confronta a la ética del derecho privado como mayor baluarte de la civilización moderna, cuestionando al mercado y la privatización del conocimiento —la mercantilización de la naturaleza y la privatización y los derechos de propiedad intelectual— como principios para definir y legitimar las formas de posesión, valorización y usufructo de la naturaleza, y como el medio privilegiado para alcanzar el bien común.

Frente a los derechos de propiedad privada y la idea de un mercado neutro en el cual se expresan preferencias individuales como fundamento para regular la oferta de bienes públicos, hoy emergen los derechos colectivos de los pueblos, los valores culturales de la naturaleza y las formas colectivas de propiedad y manejo de los bienes comunales, definiendo una ética del bien común y confrontando las estrategias de apropiación de la biodiversidad por parte de las corporaciones de la industria de la biotecnología”.

Principio 38 del Manifiesto por la vida.

El presente texto plantea algunas reflexiones sobre las modificaciones instrumentadas a la Ley de Presupuestos Mínimos para la protección de Glaciares, Nº 26.639, promulgada en septiembre de 2010.

Nos parece pertinente, partir de la formulación de algunas preguntas:

¿Qué significados y sentidos tienen las modificaciones propuestas por el oficialismo?; ¿Qué impactos y repercusiones tiene llevar adelante una modificación (al servicio de las corporaciones) de la Ley cuyo abordaje nos convoca e interpela?

Un glaciar, por supuesto, es agua congelada, pero es también un ecosistema, en el que viven complejas comunidades de seres vivos. Un tercio de nuestro país se encuentra vinculado con cuencas que se relacionan con el deshielo. La modificación a la Ley de Glaciares es una amenaza directa al pulso vital de las nacientes de treinta y nueve ríos, cuyas cuencas llevan la vida mucho más allá de las cumbres. Casi la mitad de esos cursos de agua vienen de sistemas glaciares de los Andes áridos, donde el hielo se infiltra en un viaje invisible hacia el territorio, desconociendo las fronteras interprovinciales, abasteciendo localidades ubicadas incluso cientos de kilómetros aguas abajo.

De hecho, más de un tercio del territorio nacional se convierte en zonas de sacrificio. Para que se entienda la magnitud de lo que estamos planteando, se verían afectadas 12 provincias. Por otra parte, se trata de un ecosistema fundamental para mantener otros ecosistemas, en los que viven, hace miles de años, diversas comunidades. Se calcula que la alteración de los glaciares y el ambiente periglaciar, afectaría a 7.000.000 de personas aproximadamente, y devastaría gran parte del patrimonio biocultural de nuestro país.

En total, una de cada cinco personas de Argentina depende del agua que baja de la cordillera. A su vez el 20% de la infiltración a las cuencas depende no solo de los cuerpos glaciales principales, sino del ambiente periglacial. Esa zona congelada alrededor de los principales cuerpos de hielo, junto a glaciares de escombros y nieves perennes, pueden aportar hasta la mitad del agua para la población cordillerana en épocas de estrés hídrico. Esto no implica sólo el agua que tomamos, sino también la que estructura todas las actividades humanas, incluyendo el cultivo de alimentos luego comercializados en todo el territorio nacional. Entender que somos parte de las cuencas hidrográficas en que vivimos es dimensionar hasta qué nivel el agua está inscripta en toda nuestra materialidad e identidad: lo que tocamos, comemos, tomamos, depende de la disponibilidad del agua. Y al menos hasta ahora, la humanidad no pudo desarrollar ninguna infraestructura que sea capaz de reemplazar la función del hielo como fuente de agua.

Los cambios propuestos por el oficialismo y aprobados por el Congreso de la Nación, permiten actividades industriales, como minería y exploración petrolera, en zonas periglaciales (que se caracterizan por sus climas fríos, no glaciares, el permafrost y los ciclos de congelación-descongelación), otorgando de ese modo, el poder de decisión a los gobiernos provinciales y dejando más flexibilidad para el “supuesto” desarrollo económico.

Además, desde la perspectiva propuesta se transforma por completo la forma en que se utilizan estas reservas de agua, ya que hasta ahora se han considerado bienes públicos esenciales. La ley (26.639) promulgada en el 2010 tenía como principal objetivo preservar los glaciares como reservas estratégicas de agua para el consumo humano y otros fines, desde la agricultura hasta la protección de la biodiversidad de alta montaña y en otras zonas o regiones. De este modo, Argentina se imponía como Nación Soberana ante un bien esencial: el agua y los diversos modos en los que la misma se manifiesta en los territorios.

Según Naciones Unidas, “los glaciares son esenciales para proporcionar agua dulce a más de 2000 millones de personas en todo el mundo”. El flamante informe “La bancarrota hídrica mundial: vivir más allá de nuestras posibilidades hidrológicas en la era poscrisis”, publicado en enero del 2026 por el Instituto de Agua, Medio Ambiente y Salud de la Universidad de Naciones Unidas, declara que el mundo ha entrado en una era de “quiebra hídrica global”. Se trata de un punto de no retorno para ciertos sistemas hídricos, en los que la demanda humana ha agotado irreversiblemente las reservas acuíferas y secado los pozos del futuro, poniendo en riesgo el conjunto del sistema planetario. Las actividades humanas y productivas no solo han gastado de manera desigual el ingreso anual de agua de ríos y lluvias, sino que han vaciado los ahorros milenarios guardados en glaciares, humedales y acuíferos. El resultado son sistemas acuáticos quebrados: acuíferos compactados, lagos fantasmas, deltas que se hunden; sin capacidad de recuperación. Aunque no podamos devolver el agua a los acuíferos agotados, si la humanidad actuara con un grado mayor de racionalidad, estaría a tiempo de proteger lo que queda y aprender a vivir de una manera diferente, verdaderamente sustentable.

Informes recientes de varias organizaciones ecologistas señalan, también, que más de la mitad de las especies vertebradas de Argentina viven en regiones de aguas glaciales, y que una proporción aún mayor de especies amenazadas depende de estos mismos sistemas.

La verdad, ¡parece increíble tener que explicar lo obvio!

¿Sabemos cuántos glaciares hay en nuestro país?

Según el inventario nacional de glaciares son 16.968 glaciares que alimentan a 39 cuencas hidrográficas.

Los glaciares y los ambientes circundantes son los únicos que pueden garantizar una fuente de agua vital, saludable, en las próximas décadas. Por ello, el glaciar es la única condición de posibilidad que tenemos para que nuestros hijos e hijas y nuestros estudiantes, y sus descendencias, puedan tener un país y una vida digna en los próximos 40 años.

La ley que el Congreso modificó recientemente, había sido la primera en nuestro país que reconocía la existencia del cambio climático (a pesar del negacionismo oficialista contemporáneo) y era la primera ley de glaciares a nivel mundial en proteger este patrimonio natural. Había nacido de un consenso pionero entre la comunidad científica y la ciudadanía y establecía protecciones mínimas para los cuerpos de hielo, garantizando, como ya se ha enunciado, un bien preciado como el agua, para siete millones de argentinos y argentinas. Impedía, entre otras cuestiones, el extractivismo minero y petrolero donde se detectaba la existencia de fuentes de agua dulce.

La modificación instrumentada atenta contra los glaciares y, además, debilita toda nuestra estructura de derecho en cuanto a la protección ambiental.

A partir de estos y otros datos, que cuentan con el respaldo de gran parte de la comunidad científica, jurídica, educativa, es imprescindible que la ciudadanía ponga de manifiesto su compromiso ético-político con todas aquellas problemáticas ambientales que alteran, transforman y perturban la vida en todas sus formas, atentan contra la Soberanía Nacional, lesionan los bienes naturales comunes, generando emergencias de toda índole. La modificación a la Ley de Glaciares compromete el agua que tomamos, profundiza el estrés hídrico que afecta a gran parte del país, abre interrogantes legales, sociales y económicos, detona historias milenarias y destruye el patrimonio biocultural.

Habitamos, qué duda cabe, una crisis civilizatoria, como producto de innumerables emergencias: ambiental, ecológica, climática, alimentaria, económica, social, política, que azotan al mundo, en su totalidad.

Sin embargo, este camino recién comienza, y por ello cabe preguntarnos: ¿Qué conflictos socioambientales, sanitarios, alimentarios y jurídicos desata una reforma inconstitucional como ésta? ¿Qué de nuestra identidad se escurre para siempre como el hielo milenario que estamos destruyendo?

Defender el hielo es cuidar los vínculos entre agua, vida, territorio, tiempo y cultura, entre pasado y futuro, es escuchar lo que baja lento desde otra era.

Contra todo pronóstico, y a fuerza de evidencias concretas, en Argentina falta agua. El estrés hídrico es estructural: en casi dos tercios del territorio nacional, la necesidad de agua es siempre mayor que su disponibilidad. Si bien la cuenca Paraná-Plata no presenta escasez crónica, la bajante de los últimos años ya está generando una enorme inestabilidad hídrica. Por otra parte, en Mendoza, este año, según el Departamento General de Irrigación, en la provincia sólo habrá el 61% del agua de la media, principalmente porque en el invierno pasado disminuyó la nieve.

¿Qué importancia tiene para la ciudadanía, para los/as educadores/as, los/las estudiantes, un glaciar? No es necesario señalar la importancia del agua en todos sus sentidos: biológica, cultural, geológicamente… Por ejemplo, la escala geológica de la Cordillera de los Andes involucra nociones de tiempo profundo: latentes entre los congelados pliegues de la montaña hay inscriptas etapas geológicas enteras. La nieve puede durar días, y el permafrost y el hielo marino pueden durar años o décadas, pero adormecidas en el hielo glacial reposan tierras, arenas y materia orgánica con cientos de miles de años. Entre los cristales hibernan bacterias, algas, hongos y virus que incluso pueden ser enormemente peligrosos para una red global de vida que ha olvidado las defensas contra ellos.

Aprender y enseñar que, como consecuencia de la emergencia climática, el proceso de desglaciación sentencia para mitad del siglo XXI la desaparición de los principales cuerpos de agua, no es sólo seleccionar un contenido, abordar una temática de interés en diversos espacios sociales, hablar de Soberanía nacional, sino que es, fundamentalmente, una responsabilidad ética, en tanto, nos permite construir un diálogo basado en la sustentabilidad.

La muerte de un glaciar implica también el fracaso civilizatorio de vincularnos con ese tiempo profundo. Ruinas orgánicas que nos recuerdan que el pasado fue real y que hubo un mundo antes que nosotros. Estudios recientes, publicados por la Revista Nature Climate Change, son los que indican que el pico máximo de extinción de glaciares se alcanzaría a mediados de este siglo. Estos estudios proyectan la desaparición drástica de glaciares en todo el mundo, alcanzando su máximo entre 2041 y 2055, con aproximadamente 4.000 glaciares extinguiéndose anualmente. En regiones dominadas por glaciares pequeños y de rápida respuesta -como el Cáucaso o los Andes subtropicales (ubicados en latitudes bajas), o en otras regiones como el norte de Asia y los Alpes europeos, se proyecta que más del 50% de los glaciares van a desaparecer en las próximas dos décadas.

Por eso, quienes dicen “el agua es vida” no sólo se refieren a la vida biológica, a la supervivencia. El agua no sólo es dadora de vida, también imprime movimiento y dinámica a la vida cotidiana. La identidad-territorio depende del agua, y cuando muere un glaciar perdemos la posibilidad de que diversas identidades perduren.

En constante proceso de existencia y reexistencia, un glaciar nunca es el mismo, sino que a medida que pedazos del pasado se derriten en un lugar, el presente vuelve a solidificarse. Los glaciares fluyen hacia las ciudades que se referencian geográficamente en los picos nevados, que nutren el orgullo de ser y pertenecer a un determinado territorio, territorio que no es sólo lo que moldea a los cuerpos, sino también a las identidades.

Recientemente, en el 2019, los islandeses asistieron a la muerte del primer glacial… La amargura no es tanto por el hielo que se va, sino por la impotencia que inaugura. Por eso, nos preguntamos ¿hasta cuándo vamos a continuar hipotecando nuestro futuro y el de aquellos/aquellas que siendo más jóvenes sufren las consecuencias de nuestras desafortunadas decisiones?

El panorama planteado, con información y datos de la ciencia global, nos demuestra que los glaciares, como parte de la criosfera —todas las zonas del planeta donde el agua se encuentra en estado sólido, desde glaciares hasta el permafrost— representan una forma de capital natural poco valorado, pero esencial, que ya está siendo arrasada de manera irreversible.

Esto genera importantes desafíos que implican un mayor cuidado y protección de estos ecosistemas únicos mediante el fortalecimiento de los instrumentos jurídicos y de fiscalización estatal.

Además de la profundización y masificación de la educación ambiental, son acciones fundamentales, la creación de las condiciones necesarias para sostener y ampliar el conocimiento científico y comunitario, y, al mismo tiempo, planificar las medidas operativas y de asignación de los bienes comunes esenciales como el agua.

Con las modificaciones realizadas que cuentan con el aval de la mayoría de nuestros representantes, la Ley 26.639 de Presupuestos Mínimos para la Preservación de Glaciares y del Ambiente Periglacial —emblemática para el ambientalismo nacional e internacional y conseguida mediante la articulación y la organización social— que otrora pudo resistir los embates constantes del capital minero y sus socios, ahora queda a su merced.

El ataque contra la Ley de Glaciares no es sólo contra los cuerpos de hielo. Es una ofensiva directa contra los vínculos posibles entre la vida, el agua, la cultura y el tiempo. El tiempo acumulado hoy es parte nuestra: una memoria material que aloja pasados que insisten en hablarnos…

¿Seremos las últimas personas en conocer glaciares? Los más jóvenes forman parte de las generaciones que no han visto a las luciérnagas, que nunca las vieron, que nunca las verán…¿A qué otras formas de vida estamos haciendo desaparecer?

¿Cómo delinear, desde la ciudadanía, éticas del cuidado que incorporen los cuerpos helados más allá de la conservación?

Sentipensamos que tenemos la obligación de cuidar el glaciar: “Un cuidado que implica reconocernos ambiente, pensarnos naturaleza”.

Consideramos que desde los espacios educativos, informativos, dedicados a la comunicación, tenemos el desafío de preguntarnos: ¿Qué tienen nuestros glaciares para decirnos? ¿Cuáles de todos sus saberes guardan el potencial de preñar en la cultura?

Finalmente, apelamos a la sensibilidad y compromiso social, de representantes, legisladores, juristas, a su conciencia ambiental, a su ética vital, para que prevalezcan los únicos intereses valiosos, aquellos que proponen el cuidado de todos los seres vivos y la preservación de los bienes naturales comunes, que, sin dudas, están siendo afectados con la desaparición de los glaciares.

Es a partir de nuestros cuerpos naturales y del hecho de poder reconocernos como ambiente, como naturaleza en reciprocidad, tensión, conflicto, armonía, comprendiendo la expansión que somos y las redes que habitamos, que es posible entender, que proteger los glaciares que aún quedan, implica ¡salvar la vida en nuestro país, en nuestro planeta!

  • Elizalde, A. (2002). Capítulo Sustentabilidad. En Leff E. (coord.), Ética, vida y sustentabilidad. PNUMA, México D.F.
  • Leff, E. (1998). Saber Ambiental, Sustentabilidad, Racionalidad, Complejidad y Poder. México: Siglo XXI. S.XXI Editores – PNUMA.
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  • Tonatiuh Ramírez, B.; Meixueiro Hernández, R. (Coordinadores) (2016). Once estrategias didácticas fundamentadas de la educación ambiental para la Escuela. México: Editorial La Zonámbula.
  • Trellez Solis, E. (2002). “La ética ambiental y la educación ambiental: dos construcciones convergentes”. En Leff (Coordinador) Ética, vida, sustentabilidad. PNUMA. México. Disponible en: http://www.ceapedi.com.ar/imagenes/biblioteca/libreria/361.pdf

Graciela Ester Mandolini es Cofundadora y Coordinadora Académica de la Cátedra Libre de Soberanía Alimentaria de la UNR por la Escuela Agrotécnica de Casilda

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