“[…] Gentemás gente.
Vestida de tela baratadesnuda de felicidad.
Una chica me ofrece limones‘cien la docena, cómpreme’.
Tiene trece años, más o menosmi edad.
Un almacén ruinoso,con ratas, con suciedadcon microbios funestos.
Es un sitio rodeado de murossucios de crímenes humanosque son sólo los nuestros.”
FRANCA JARACH
Franca nació el 19 de diciembre de 1957 en Belgrano, Buenos Aires, aunque era tan tana como argenta. Su pelo morocho le llovía como las ideas, que reflejaba en protestas y poemas. Inspirada por Almendra y Los Beatles, la musicalidad aparecía en sus escritos y en su parla bilingüe.
El Colegio Nacional de Buenos Aires fue la tercera institución que la eligió como abanderada, además de delegada del centro de estudiantes y asambleísta desde los trece años. La Unión de Estudiantes Secundarios y la Juventud de Trabajadores Peronistas no gozaron de tenerla como militante desde tan temprano: ella temía dejar de ser crítica y volverse parcial, pero, en su adolescencia, comprendió la importancia de pertenecer.
En alguna fecha nebulosa de aquellos tiempos ya grises, una toma del emblemático Colegio de tres días resultó en la expulsión de catorce estudiantes. Se les ofreció la reinserción, por lo que trece aceptaron… menos ella. ¿Su Colegio, el que en el boletín le puso todo 10 y “mala conducta” pero le otorgó la medalla de oro por excelente desempeño, quería echarla? ¿El Nacional, donde se respira aire de militancia y cuna de Montoneros, iba a despedirla por una toma? Aunque tenía una sonrisa imborrable y un carisma admirable, dijo que no (si supiera que de todas maneras la institución la trajo de nuevo al pintarla al lado de dos premios Nobel y de Carlos Pellegrini…).
Vera Vigevani y Giorgio Jarach jamás hubieran imaginado que la pasta de líder de su hija, la inquietud por resolver las injusticias y la ambición por un mundo mejor serían las características que se tornarían inquietantes una vez instalado el discurso del enemigo interno, con la operación del odio y del terror. Ella era lo Otro. Ellos le pidieron que se vaya al exilio, a Italia. Ella dijo que tenía que quedarse y seguir la lucha.
. . .
—Papá, estoy detenida. Me dan comida, me dan abrigo, me dan medicinas si lo necesito.
—¿Franca?
—¿Cómo están? ¿Cómo está mamá? ¿Cómo está mi novio?
—Hija, Franca, decime cuándo te tengo que ir a buscar. ¿Dónde estás?
—En Seguridad Federal.
—¿Te voy a buscar?
Desde el fondo, una voz antigua y gruesa hizo eco al ordenarle a Franca que dejara de hablar en italiano. Ella, con tono ronco pero sin temblores, se atrevió a repetirle la pregunta que su padre le hizo de manera suplicante. Al cabo de unos pocos segundos, pronunció unas palabras que por la calma de su enunciación podía leerse que ya sabía la respuesta de antemano:
—Ellos te van a avisar. Nos vemos pronto.
—Que Dios te bendiga.
—Chau, papito, chau.
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El 25 de junio de 1976 fue una tarde helada en la Ciudad de Buenos Aires. Mientras que Vera y Giorgio esperaban que el día siguiente su hija los acompañara en su acogedora casa de Tigre “Bora”,casualmente el viento también se hacía presente en la esquina porteña de Córdoba y Carlos Pellegrini, enfriando con furia el café y dificultando oír la música clásica del bar Exedra. Los árboles pelados lloraban y Franca Jarach sonreía mientras intercambiaba miradas del mundo con un fiel compañero, instantes antes de que el Grupo de Tareas de la Escuela Mecánica de la Armada la secuestrara e intentara, en vano, borrarla de la escena y de la historia.
Luego de la llamada telefónica de Franca del 11 de julio (que formó parte de la jugada sistemática de la dictadura para desorientar a familiares y detener las búsquedas y denuncias) Giorgio fue a buscarla pero no la encontró; porque no estaba allí. Tampoco tenía abrigo ni remedios. Probablemente ella llamó desde “Capucha”, así denominado el altillo del Casino de Oficiales de la ESMA, hediondo de tanto balde lleno de caca y orina y de comida putrefacta descifrable solo una vez en las papilas, porque los ojos encapuchados no pueden ver y a las manos esposadas se les dificulta sentir. O quizás lo hizo desde las celdas del sótano negro, en “un sitio rodeado de muros sucios de crímenes humanos” escribiría ella cinco años antes; o entre ruidos de ratas y gritos de picana que brotaban de un dolor agonizante, solo frenado ante la inyección del pentotal aplicado a “subversivos” en su traslado desde el hacinamiento a los vuelos de la muerte, mecanismo para dejar lugar a nuevos soñadores o estudiantes o intelectuales o músicos o jóvenes.
—¿Cómo estaba Franca?
—Estaba entera.
—¿Pero la torturaron?
Marta Álvarez no respondió. Sí afirmó que la joven tuvo un excelente sentido del humor en su paso conjunto por la ESMA, algo que su madre supone se debe a un instinto de supervivencia ante los actos de deshumanización, o a que haya recordado cuando le compartió la historia acerca de cómo los cautivos judíos en Praga lograron conservar su cultura y su dignidad. Marta fue la única que le contó a Vera, después de más de 20 años de búsqueda, no solo el paradero sino el destino de su hija: Franca fue arrojada viva al mar por las Fuerzas Armadas un mes después de su secuestro. Giorgio, en 1991, falleció buscándola.
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Vera Jarach con su pañuelo de Madres sosteniendo una imagen de Franca en reunión de Zoom.
En el canto tercero del Infierno de la Divina comedia(s. XIV),Dante Alighieri ubica en el Anteinfierno el sitio del peor de los castigos para los ignavis, almas indiferentes que transcurrieron su vida sin sentido, sin infamias ni glorias. Vera Vigevani de Jarach indica que son muy culpables.
Esbozando una sonrisa y con el pañuelo blanco bien atado al cuello, este ícono (“ni heroína ni en el pedestal”) de 94 años canta su identidad: es italiana, judía, Madre de Plaza de Mayo -línea fundadora-, periodista, participante de Memoria Histórica Social Argentina y del Parque de la Memoria. En 1938, a sus 10 años, emigró desde Milán por las leyes raciales fascistas, huyendo en búsqueda de refugio hacia una Argentina que casi cuatro décadas más tarde la golpearía con un deja vu de persecución y tragedia.
Recuerdo algo de nuestros escasos encuentros. Entre vino y pastas, una niña callada la observaba: cabellera blanquísima, perfil bajo y una espalda muy encorvada por el peso de sufrir la historia, pero también de hacerla. Ella hablaba sin prisa en un comedor silencioso, cambiando del español al italiano sin escala. No entendía sus anécdotas, pero los términos “Italia” y “Cristina” aún puedo escucharlos con su voz. Maldigo mi memoria instantes antes de que me explique, ahora mediante pantallas y años más tarde, que cada frase que me dirá es con intención de dejar un legado.
Denuncia que la historia se repite. Para su abuelo, asesinado en Auschwitz, no hay tumba. Para Franca, asesinada en los vuelos de la muerte, tampoco hay tumba. Toma las tragedias de Shakespeare para preguntarse por qué no aprendemos de la historia. No se detiene en esa pregunta para manifestar su profunda fe en los seres humanos y contarme que la mejor manera de recordar, y de hacer recordar, es actuar.
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Vera adoptó la consigna“Nunca más el Silencio”, que reivindica y orienta. Porque silencio tuvo en la Rosada cuando preguntaba dónde estaba su hija y «Si era linda se la llevó la trata, señora» o «Haga de cuenta que está de vacaciones» o «Seguro se fue con el novio». Silencio tuvo de cómplices, de ignavis.
“Nunca más el Odio”, porque fue el movilizante de un aparato sistemático racional de persecución, censura y exterminio. Porque destruye el respeto y es la justificación ideológica de la opresión. Porque fue el motor de influencia de la prensa en el modus operandi de “Divide y vencerás”.
Vera afirma que la imaginación es el potencial más importante. Es la que logró que las Madres, tomadas del brazo en las rondas del 77, tuvieran “un silencio que gritaba”. Que ésta, sumada a la esperanza y a la voluntad, traerán la conciencia y la concientización sobre los derechos humanos.
Abrazo la responsabilidad de comunicar su pedido de prestar atención a los contextos, mayormente de crisis, con inteligencia y con imaginación para actuar velozmente. Asiente con la cabeza cuando marca la necesidad de leer todos los diarios y de nunca perder el espíritu crítico, o cuando retoma el legado de Rodolfo Walsh y de las agencias clandestinas de noticias para marcar el camino del revisionismo histórico.
La memoria nace desde la cotidianeidad y desde las instancias de socialización, porque “la primera comunicación es la interpersonal entre compañeros”. Para materializarla, la literatura, la música, el teatro y el arte se convirtieron en disciplinas claves para reconstruir el pasado. Vera agradece que la inviten a los colegios; también el árbol que se asoma por su ventana en memoria de Franca, que ya sus ojos grises no ven pero que permanece imborrable en su mente. Valora la imaginación de las Abuelas para construir una instalación compuesta por dos fotos de una pareja, una madre y un padre desaparecidos, con un espejo en el medio para que quien se detenga pueda ver su parecido; también estima los poemas.
“Todo acompaña”. Si el sendero se nubla, la luz del faro está presente en los sueños de Franca y de 30.000 anhelantes de un mundo mejor. Vera convoca a que los retomemos, para tener presentes a todos y cada uno de ellos y para que nuestras luchas estén nutridas de su enseñanza. La comunicación es todo y está en todos lados: la constituyen la calle, los pañuelos, el silencio que grita, las rondas, los estudiantes; tan solo no hay que dejarse vencer. Habrán cortado las flores, pero con Memoria, Verdad, Justicia, Nunca más el Odio y Nunca más el Silencio, dormí tranquila, Franca, que jamás detendrán la primavera.
En memoria de Vera, la incansable y de Franca, la soñadora fundidas ahora en un abrazo eterno.
Nunca más el odio.
Nunca más el silencio.
*Irene Pugliese fue una de las ganadoras del concurso de crónicas “Arriba les que luchan”.

