De recursos a bienes comunes: el lenguaje que nos define (o nos condena)
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En las montañas del norte de India, existe una estructura llamada chaal: un sencillo tanque de tierra que durante siglos capturó agua de manantial, recargó acuíferos y mantuvo con vida a comunidades enteras. No requería materiales comprados, solo un día de trabajo colectivo. El costo era casi nulo. Pero llegó la "modernización": los programas gubernamentales financiaron su reemplazo por cemento. El resultado fue la disminución de los niveles freáticos y la desecación de los manantiales.El progreso, en este caso, fue un retroceso. Esta historia india nos advierte que el debate sobre el lenguaje de los "recursos" no es una abstracción académica: tiene consecuencias materiales, visibles en el agua que fluye… o deja de fluir.

Oportunamente, en el artículo dedicado a los Bienes Comunes del relanzamiento de Trinchera se plantea una pregunta radical: ¿está bien llamar "recursos naturales" al agua, los bosques y el aire? ¿No sería más honesto llamarlos "bienes comunes"? La respuesta, desde una pluralidad de tradiciones no occidentales, es un rotundo sí.

Voces y saberes del Sur Global

Lejos de ser una discusión exclusivamente europea o eurocéntrica, las tradiciones de gestión colectiva han existido durante milenios. Examinemos algunas de ellas:

Referencias cuadro 1|Japón|India|Irán|Nepal|África Subsahariana

Perspectivas filosóficas y descoloniales

El filósofoFrantz Fanonya advertía hace décadas sobre las "trampas de la conciencia nacional" en el proceso postcolonial. Un estudio reciente publicado en la Review of African Political Economy (2025) aplica esa advertencia al extractivismo actual: la dependencia de la exportación de "recursos naturales" —incluso bajo gobiernos nacionalistas— reproduce el saqueo neocolonial. Sus autores señalan que "muchos movimientos populares africanos de base argumentan que es preferible dejar los recursos minerales y de combustibles fósiles bajo tierra". Algo similar a lo que planteó el ex presidente ecuatoriano, Rafael Correa, con su propuesta delYasuní ITT.

Por su parte, la obra The Pathology of Plenty (2025) analiza críticamente cómo el derecho internacional facilitó el saqueo de recursos en países postcoloniales bajo la ilusoria promesa del desarrollo económico. Sus autoras demuestran que el concepto jurídico de "soberanía sobre los recursos naturales" no protegió a estas naciones, sino que consagró su dependencia extractiva a los mercados globales.

El último manantial

Como puede observarse, no se trata de una disputa sobre meras palabras. La distinción entre "recurso natural" y "bien común natural" es el campo de batalla donde se decide el futuro de nuestro acceso al agua, el aire y, en última instancia, a la vida misma.

En un contexto donde la ONU advierte que el mundo ha entrado en una era de "bancarrota hídrica global", con ríos y acuíferos agotándose más rápido de lo que la naturaleza puede reponerlos, el debate sobre cómo nombramos a los elementos que nos sustentan se vuelve existencial. Frente a este colapso, cobra una nueva urgencia la propuesta central: abandonar el lenguaje mercantil de los "recursos" y recuperar la memoria colectiva de los "bienes comunes".

De "recursos" a "bien común": un cambio de paradigma

La obra deElinor Ostrom, pionera galardonada con el Premio Nobel de Economía, fue crucial para visibilizar la especificidad de los "bienes comunes" como una categoría económica y social propia, diferenciada de los bienes públicos o privados. Ostrom estudió cómo las comunidades pueden gestionar de manera colectiva y sostenible sus bienes comunes.

El contraste entre ambos conceptos es radical:

Cuando hablamos de "recursos", existe una legitimidad implícita para la extracción, la privatización y el agotamiento. Cuando hablamos de "bienes comunes", activamos una lógica de pertenencia colectiva, cuidado y responsabilidad compartida.

El caso paradigmático del agua

En Brasil se está librando una batalla conceptual similar. Allí, el movimiento por el agua como bien común articula tres principios fundamentales: 1) el rechazo a la gestión privada del agua; 2) la garantía del derecho humano al agua y al saneamiento para toda la población; y 3) la reivindicación del agua como propiedad colectiva, sujeta a control social por parte de las comunidades. Un artículo publicado por la organizaciónAmigos da Terra Brasiladvierte que los conflictos por el agua se han intensificado a nivel mundial, y que las grandes corporaciones avanzan hacia su mercantilización mientras los pueblos unidos reclaman su reconocimiento comopatrimonio común al servicio de la humanidad.

El dato es revelador: en Brasil, de cada 100 litros de agua tratada, solo 4 se destinan al consumo de la población; 70 litros van directamente al agronegocio y la ganadería.

El agua embotellada: la metáfora perfecta de la expropiación

El análisis planteado sobre la embotelladora junto al manantial encuentra su correlato en la realidad del capitalismo global. Gigantes como Nestlé, Coca-Cola y PepsiCo controlan el 82% del mercado de agua embotellada en países como México, capturando un valor de miles de millones de dólares.

Estas corporaciones no crean el agua; se apropian de ella. El caso de Nestlé en el volcán Iztaccíhuatl es paradigmático, donde el consorcio se apropió de manantiales que, por ley, son propiedad de la nación para embotellar y vender un bien que debería ser un derecho. Las concesiones de agua a estas empresas pueden alcanzar volúmenes descomunales, como los 48.890.000 millones de metros cúbicos anuales otorgados a la industria en México, un volumen que equivale al consumo de ciudades enteras.

La cruel estadística del acceso al agua

La gravedad del problema la confirman los datos, que demuestran que la mercantilización choca de frente con el derecho humano fundamental.

Referencias cuadro 3 |UNICEF / OMS (2024)|Instituto UNU-INWEH (2026)|Grupo Semillas|

Estas cifras son el producto tangible de concebir el agua como un "recurso" en lugar de un "bien común". Como se señaló oportunamente en el artículo de Trinchera, "son elementos que deberían ser de uso colectivo, no para usufructo de unos pocos. Y por ello debería dejar de utilizarse el término 'Recursos Naturales' para ser reemplazado por el de 'Bienes Comunes Naturales' , porque de ellos depende no sólo el ser humano, sino todo ser vivo".

¿Y la cultura?: Bienes comunes artísticos

Con la misma lógica con la que se mercantiliza el agua, la cultura y el arte están siendo expropiados. El concepto de Bienes Comunes Culturales, que el artículo de Trinchera antes mencionado propone, no es una teoría abstracta: la UNESCO define elpatrimonio cultural inmaterialcomo un conjunto de tradiciones, saberes y técnicas que se transmiten de generación en generación, reafirmando que "el valor de esta transmisión de conocimientos es pertinente para los grupos sociales".

Declarar la música, la literatura o el conocimiento como bienes comunes implica defenderlos contra el cercamiento corporativo, ya sea mediante leyes de propiedad intelectual abusivas o la privatización de la educación y el arte.

Los bienes comunes culturales y las lenguas indígenas

La música, la literatura, la comunicación deberían llamarse "Bienes Comunes Culturales". En Bolivia, una investigación reciente analiza críticamente las políticas lingüísticas entre 2004 y 2024, centrándose en las lenguas indígenas como verdaderos bienes comunes. La autora, Luz Jiménez Quispe, documenta cómo, pese al reconocimiento constitucional de 36 lenguas indígenas como oficiales, existen "procesos de cooptación institucional, debilidad operativa y limitaciones en la implementación". Pero la clave es que emergen "formas de resistencia cultural y activismo lingüístico desde los territorios, que sostienen la vitalidad de las lenguas como bienes comunes". La propuesta final es repensar la gestión lingüística desde la soberanía comunitaria.

Naturaleza como sujeto de derechos

El caso más transformador proviene de la jurisprudencia latinoamericana.El 3 de julio de 2025, la Corte Interamericana de Derechos Humanos emitió una opinión consultiva histórica: la naturaleza —ecosistemas, bosques, ríos— no es propiedad del ser humano, sino que tiene derecho a existir, regenerarse y mantener sus ciclos vitales. La Corte afirmó que cualquier respuesta a la crisis climática "sería incompleta si sigue privilegiando un sistema que reduce los ecosistemas a meros recursos, sujetos a explotación y mercantilización". Este fallo se suma a una marea global en la que el Tribunal Internacional del Derecho del Mar y la Corte Internacional de Justicia también se han pronunciado. En todo el mundo, existen ya 493 iniciativas legales sobre derechos de la naturaleza en 44 países, según el Eco Jurisprudence Monitor.

Datos clave del consenso planetario

La FAO advierte que pueblos indígenas y tribales son los mejores guardianes de los bosques de América Latina y el Caribe. Las tasas de deforestación "son significativamente más bajas en los territorios donde los gobiernos han reconocido formalmente los derechos colectivos territoriales".Su contribución evita entre 42,8 y 59,7 millones de toneladas métricas de CO₂ al año en Brasil, Colombia y Bolivia, una reducción equivalente a sacar de circulación entre 9 y 12,6 millones de vehículos por año. En Nepal, a partir de la Ley Forestal de 1993 que otorgó derechos colectivos a las comunidades para gestionar bosques locales, la cobertura forestal aumentó al 45%, protegiendo cerca de 3 millones de hectáreas que el Estado no podía gestionar por sí solo.

El precio del "recurso" y la alternativa de la comunidad

En este contexto, la gestión del agua por parte de grandes corporaciones ha demostrado ser no sólo desigual, sino ineficiente. Un estudio de más de 1000 servicios públicos en Estados Unidos reveló que las compañías privadas proveen un servicio de menor calidad, mientras que el Banco Interamericano de Desarrollo ha documentado la eficacia de modelos de gestión comunitaria que operan bajo los principios de los bienes comunes, demostrando ser actores clave para la democracia participativa y la sostenibilidad.

De la teoría a la práctica

La propuesta es clara: dejar de llamar "recursos" al agua y la tierra, para llamarlos bienes comunes; dejar de reducir las lenguas indígenas a "patrimonio folklórico", para reconocerlas como bienes comunes culturales; dejar de ver a la naturaleza como un mero insumo, para tratarla como sujeto de derechos.

Volvamos al chaal indio. Su destrucción no se debió a ignorancia, sino a una lógica perversa: construir uno de tierra no cuesta casi nada, y las agencias gubernamentales tenían presupuestos que debían gastar, así que optaron por el cemento, recibiendo comisiones por inflar los costos. La sabiduría tradicional fue víctima del presupuesto.

Esta es la verdadera trampa: el lenguaje de los "recursos" no describe la realidad, la construye según la lógica del capital. No se trata de una semántica inocente. Se trata de una lucha por el sentido de la vida en el planeta.

Reflexión final

El cambio de un lenguaje a otro no es un recurso estilístico; es un acto político y de resistencia. Al llamar "recursos" a la naturaleza y "capital humano" a las personas, se allana el camino para su explotación en aras de la rentabilidad. Recuperar el concepto de "Bienes Comunes" significa reivindicar que la vida y sus condiciones de reproducción no deben estar sujetas a la lógica del mercado.

Como concluye el artículo de Trinchera antes mencionado, "los problemas que vive la humanidad no se van a resolver por arte de magia. Hay que poder trabajar en la construcción de respuestas colectivas... Porque nadie, por más 'iluminado' que sea, se salva solo".

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