Mientras se celebran sus ganancias de productividad y sus aplicaciones revolucionarias en diversos sectores, se normaliza un modelo de extracción de datos, renta algorítmica y gestión automatizada que replica, en clave digital, viejas jerarquías de dominación.
Sin dudas, para comprender este momento histórico no bastan los manuales de innovación tecnológica ni los pronósticos de mercado. La realidad no se puede simplificar a un sólo punto de vista o variable de análisis, requiere animarse a hacer un cruce teórico multidimensional. Uno posible es hacer un entrecruzamiento entre la hipótesis del tecnofeudalismo de Yanis Varoufakis, la teoría decolonial de Enrique Dussel y la crítica marxista ampliada hacia la periferia. Desde esta mezcla podremos comprender que lo que se nos vende como "revolución" es, en muchos aspectos, la modernización de un feudalismo globalizado y la reactivación de una colonialidad epistémica que sigue determinando quién produce, quién consume y quién decide.
El avance de la IA está reconfigurando el mercado laboral con una velocidad sin precedentes. Como señala Luis Pareras, neurocirujano e inversor en tecnología, “por primera vez en la historia de la humanidad el pensamiento está surgiendo de máquinas y no de células”. Esta externalización cognitiva no solo sustituye tareas rutinarias; redefine la naturaleza del trabajo creativo, analítico y relacional.
<hr />1. La escena que no viste
Hace apenas unas semanas, circuló en redes sociales el video de dos robots humanoides F.03 (de la empresa norteamericana Figure AI) haciendo una cama. Para la mayoría puede haber sido una anécdota curiosa, una demostración más de los avances tecnológicos. De hecho, posteriormente, apareció un stream en vivo en el que competían un humano y un robot humanoide trabajando durante 10 horas clasificando paquetes. Pero Mark Vidal, analista económico, consultor en transformación digital, divulgador tecnológico, lo vio con otros ojos: “Pensé en cientos de miles de empleos, cientos de miles de personas con muy pocas alternativas, cuyo trabajo podría dejar de existir en un horizonte que ya no es ningún guión fantástico” (Vidal, 2026).
Lo que sostiene el analista es que esa cama no es una cama, es el símbolo del cierre del último refugio: el trabajo manual en entornos caóticos, aquello que durante décadas se creyó a salvo de la automatización. Mientras tanto, en China, la empresa Robot Era ya ha desplegado miles de robots humanoides en centros logísticos reales. “Ya no hablamos de una demostración, hablamos de despliegue real” (Vidal, 2026).

Este artículo propone una mirada triple: la de la economía concreta (los costos de producción debenidos de la Ley de Wright), la del cambio de época (el tecnofeudalismo de Yanis Varoufakis) y la de la periferia excluida (la decolonialidad de Enrique Dussel). Porque los robots haciendo camas, los agentes de IA chateando por nosotros y los algoritmos decidiendo quién recibe un préstamo no son fenómenos aislados. Son las puntas de un iceberg que está reconfigurando el poder, el trabajo y hasta el sentido de existir.
<hr />2. Los números mienten (pero no tanto)
El análisis de Vidal es, ante todo, un ejercicio de realismo económico. Desgrana con precisión el coste actual de un robot humanoide (120.000 €) frente a su eficiencia (80% de un humano) y lo contrapone a la Ley de Wright: cada vez que se duplica la producción acumulada, el costo cae entre un 15% y un 25%. Según explica, para 2028, el precio unitario habrá caído a 70 mil €; y para 2030, por debajo de 55 mil €. Simultáneamente, la eficiencia superará al trabajador humano y la jornada operativa pasará de 8 a 12 horas.
El divulgador tecnológico español aplica estas cifras para explicar lo que podría suceder en un hotel mediano y el resultado es lapidario. Según afirma, hoy la inversión en robots no es rentable, pero para 2030 el ahorro neto será de unos 180 mil €. Y lo más importante: la adopción masiva no vendrá de una decisión voluntaria, sino por competencia asimétrica. “La presión para adoptar robots no vendrá de una decisión estratégica interna. Vendrá de la cuenta de resultados cuando el hotel de enfrente muestre márgenes de un 8% o un 12% superiores”, sostiene (Vidal, 2026).
Este mecanismo, que el economista austríaco, Joseph Schumpeter, llamó “destrucción creativa” , hoy se ha vuelto una máquina de trituración social. Y los más vulnerables no son los trabajadores del conocimiento (que aún creen que su título universitario los protegerá), sino las mucamas de piso: “mujeres entre 40 y 55 años, alta carga física acumulada, lumbalgia, tendinitis, baja cualificación certificada, muchas veces cabezas de familia monoparental” (Vidal, 2026).
<hr />3. El tecnofeudalismo: el capitalismo murió, larga vida al señor de la nube
Para entender por qué estos cambios ocurren tan rápido y con tan poca resistencia colectiva, debemos dar un salto teórico. Yanis Varoufakis, exministro de Finanzas griego y economista heterodoxo, sostiene una tesis provocadora: el capitalismo ha muerto. No lo mató el socialismo, sino la propia tecnología. Lo que vino después es el tecnofeudalismo.
¿En qué consiste? En que los mercados han sido reemplazados por feudos digitales (Amazon, Google, Meta, TikTok) que no compiten, sino que cobran renta por el mero acceso. En el capitalismo clásico, un empresario ganaba por producir algo mejor o más barato que su competidor. Hoy, un pequeño comerciante dificilmente pueda evitar pasar por Amazon o Mercado Libre, y esas polataformas le exigen un tributo de hasta el 30% de cada venta. Eso no es ganancia capitalista; es renta feudal. Y los dueños de esos feudos (Bezos, Zuckerberg, Altman, Pichai o Galperín en Nuestra América) son los nuevos señores, mientras que el resto —incluidos los capitalistas tradicionales— se convierten en vasallos.

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Varoufakis describe una relación aún más perversa con los trabajadores: “Cada proletario se está convirtiendo en un proletario de la nube durante el horario laboral y un siervo durante el resto del tiempo” (Varoufakis, 2024). ¿Qué significa “siervo durante el resto del tiempo”? Que cuando no estamos trabajando, seguimos generando datos, entrenando algoritmos, alimentando el feudo con nuestra atención, nuestras compras, nuestras emociones. La renta no proviene de la explotación directa de la fuerza de trabajo en fábricas, sino de la captura de datos, la intermediación obligada y la monetización de la conducta humana. No hay fuera del feudo.
Esta tesis dialoga directamente con lo que cuenta Yoshua Bengio, uno de los padres de la IA moderna. Bengio, que cambió su optimismo inicial tras pensar en su nieto, advierte que su mayo preocupación “es la IA siendo usada para acumular más poder, para concentrar el poder en las manos de unas pocas personas”. La consecuencia política es demoledora: “Si terminamos en un mundo donde es fácil para muy pocas personas tener mucho poder […] simplemente lo tomarán. A menos que pongamos en su sitio las instituciones correctas” (Bengio, 2026).
Bengio advierte que en desarrollo de la IA actual incluso puede acabar -en un período de tiempo no muy largo-, con entidades mucho más inteligentes que los seres humanos y que éstas tengan sus propios objetivos de autopreservación, lo cual “debería ser un código rojo para la humanidad”. Según afirma el canadiense, estamos abriendo una caja de pandora, dado que el poder que genera puede perderse en favor de las propias máquinas, porque “contamos con evidencia tanto teórica como empírica que demuestran que estos sistemas tienen objetivos que no elegimos y que contradicen nuestros intereses”.
El científico informático grafica la escena con el caso de Mythos (de la empresa norteamericana Anthropic), la cual, al parecer, puede descubrir vulnerabilidades muy serias en los códigos que sostienen toda la infraestructura ya creada. Esto, a su entender, es un “riesgo catastrófico real a corto plazo”. Es en este momento donde las imágenes que automáticamente se vienen a la mente son fragmentos de la emblemática película de Alex Proyas, protagonizada por Will Smith, “Yo robot” ¿Estamos ante la materialización de lo que el cineasta imaginaba en la ficción? ¿La IA podría convertir al mundo en una rebelión de los robots? ¿O sería algo más peligroso y parecido a Terminator y su Skynet? Podría ser algo igual o peor.
Aquí Varoufakis y Bengio se dan la mano: la elite planetaria de mega ricos no sólo controla los medios de producción (como en Marx), sino que ha privatizado el espacio mismo de la interacción humana. Deciden qué vemos, qué compramos, qué creemos. Y lo más aterrador es que no los hemos votado. Como ironiza Pareras: “Si Sam Altman se despierta y decide que las respuestas de ChatGPT tienen que estar sesgadas un 1% hacia pensamientos de derechas o izquierdas, cambia el mundo. ¿Y quién es este señor para decidirlo? Nadie lo ha votado” (Pareras, 2026). Este dominio no es solo económico; es ontológico. Define qué es visible, qué es valioso y quién tiene derecho a participar en la esfera pública.
<hr />4. El péndulo decolonial: Dussel y la exterioridad que el algoritmo no ve
Pero la crítica de Varoufakis, por aguda que sea, sigue siendo eurocéntrica. Reducir esta crisis a una mera disputa de clases en clave europea o norteamericana sería insuficiente. Y si bien describe un mundo de señores y siervos en el Norte global, ¿qué pasa con el Sur? ¿Qué pasa con los cuerpos, territorios y saberes que ni siquiera han sido integrados al feudo porque están siendo expoliados en su exterioridad?
Enrique Dussel, el filósofo argentino-mexicano, dedicó su vida a construir una filosofía de la liberación desde la periferia y nos obliga a preguntar: ¿quién queda fuera del relato del progreso tecnológico? ¿Qué saberes, lenguas y formas de vida son sistemáticamente marginados por los modelos de IA entrenados con datos predominantemente occidentales, anglosajones y corporativos?
En sus lecturas de Marx desde la periferia, insiste en que la modernidad, la colonialidad, el patriarcado y la visión dualista cartesiana, son caras de la misma moneda. La acumulación originaria que Marx analizó en Europa se financió con la extracción colonial, la racialización y la destrucción epistémica de América Latina, África y Asia. La IA contemporánea reproduce esta asimetría: los datos se extraen masivamente de poblaciones del Sur global, los anotadores humanos en Kenia o Filipinas etiquetan contenidos por salarios precarios, pero los beneficios, las patentes y la gobernanza algorítmica se concentran en Silicon Valley o Shenzhen.

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Dussel, añade otro giro crítico: el pensamiento occidental (incluyendo el de muchos marxistas) peca de totalizador. Cree que el sistema capitalista lo abarca todo, que no hay afuera. Pero el padre de la teoría decolonial muestra que sí lo hay: las comunidades indígenas, las economías populares, las formas de vida no mercantiles son exterioridadesque el sistema explota pero no puede asimilar del todo.
La IA y el tecnofeudalismo, vistos desde esa exterioridad, adquieren otro relieve. El coltán de los móviles se extrae en Congo bajo condiciones neocoloniales. Los datos que entrenan a los modelos de inteligencia artificial son etiquetados por trabajadores keniatas que ganan 2 dólares la hora. El “feudo en la nube” descansa sobre una minería de datos que es también una minería de cuerpos racializados y feminizados. Dussel nos recuerda que la mercancía —y hoy el algoritmo— fetichiza y oculta estas relaciones de dominación.
La teoría decolonial no rechaza a Marx; lo descoloniza. Propone un marxismo transmoderno que integre la crítica al capital con la crítica a la jerarquía racial, epistémica y territorial. La IA, en este marco, no es solo un instrumento de acumulación; es un dispositivo de colonialidad algorítmica que estandariza lenguas, invisibiliza saberes ancestrales y naturaliza la vigilancia como “eficiencia”.
La implicación política de este modelo es profunda. La democracia representativa se ve socavada por la gobernanza algorítmica, la desinformación personalizada y la concentración de poder de mercado. Una élite planetaria de megamillonarios tecnológicos y financieros ya no necesita controlar el Estado directamente; basta con controlar las infraestructuras digitales que median la comunicación, el comercio, la educación y la salud. “El peor escenario para el peligro de la concentración del poder... es que terminemos en una dictadura mundial habilitada por la IA”, advierte Bengio.
Este riesgo se intensifica por la teoría de juegos que describe Pareras: “Vamos sin mapa... la teoría de juegos 101... ¿qué pasa si un solo actor se salta la moratoria? Dominación mundial”. La competencia asimétrica no solo opera a nivel corporativo, sino geopolítico. Los países que no desarrollen IA soberana quedarán en el menú, no en la mesa. Como cita el investigador: “O estás en la mesa o estás en el menú”.
No se trata, por tanto, de pedir “inclusión” en el tecnofeudalismo (más robots, más datos, más consumo). Se trata de afirmar la alteridadde lo que no ha sido capturado. Como escribe desde sus categorías fundamentales: “Pensar desde el ‘otro lado’ (o desde el ‘reverso’) de la modernidad capitalista es una de las contribuciones distintivas del pensamiento decolonial” (Dussel, 1998).
Aplicado al debate de la IA, esto implica que las soluciones que vienen de Silicon Valley (ética de la IA, alineamiento, renta básica) son necesarias pero insuficientes. Falta la voz de quienes nunca pidieron estar en el feudo. Falta la posibilidad de una tecnología que no reproduzca la colonialidad del poder.
<hr />5. El trabajo opcional y la crisis del sentido
Las implicancias culturales y existenciales son igualmente graves. Luis Pareras, en su entrevista con Jon Hernández, lanza una predicción que estremece: “El trabajo va a ser opcional. […] ¿De dónde vamos a sacar el sentido (de la vida), el propósito? ¿qué es lo que nos va a hacer levantar por la mañana?” (Pareras, 2026). Esta pregunta, que antes parecía propia de la élite ociosa, se volverá colectiva en menos de una década según señala. La respuesta no estará en el ocio pasivo, sino en la curiosidad activa: “Lo que va a ser necesario en el futuro tiene que ver con la curiosidad... hacer buenas preguntas”, afirma.
Los economistas clásicos pensaban que la automatización destruía empleos pero creaba otros. Bengio discrepa: “La automatización va a permitir hacer las cosas más baratas, y por tanto tienes menos coste, y por tanto haces más dinero […] los cambios de productividad han ido más y más al capital y menos y menos al trabajo humano. La IA puede amplificar esto” (Bengio, 2026).
Si a eso le sumamos que las IA’s ya son capaces de redactar informes, programar, diagnosticar enfermedades y, pronto, realizar cirugías y conducir camiones, el panorama es el de una gran sustitución. Vidal cifra en 2,3 millones los empleos en riesgo en España en una década. Pero la cifra fría no transmite la experiencia humana: la mucama de piso de 52 años, será reemplazada por un robot que dobla las sábanas perfectamente, mientras ella es despedida sin indemnización, sin plan de reciclaje, sin nada. “No hay ningún plan específico para el colectivo de 45 a 60 años desplazado por la automatización... Han gobernado todos los colores políticos durante este periodo y ninguno ha construido el andamiaje mínimo para lo que se nos viene y no por ignorancia, sino por comodidad. El problema no deja votos hoy... y hoy es lo único que les importa, lo que pasa hoy, no lo que vaya a pasar dentro de 5 años”, denuncia Vidal.
Bengio recuerda el principio de precaución: aunque la probabilidad de escenarios catastróficos sea baja, el impacto potencial exige actuar ya. “Si suficiente gente entiende la magnitud de lo que puede venir... lo arreglaremos”, afirma, pero añade que la inercia gubernamental y la falta de liderazgo valiente son los mayores obstáculos.
Es por ello que propone una tercera vía: IA como bien público global, con tres principios: seguridad técnica, no dominación y distribución de beneficios. A su vez advierte que Europa y otras regiones han perdido la carrera de los modelos fundacionales. Pareras es aún más crudo: “Europa tomó decisiones erróneas durante demasiado tiempo. […] Somos los mejores en regular, pero la creación de los modelos se la dejamos a otros. Qué inmenso error” (Pareras, 2026). ¿Qué queda para regiones como Nuestra América o África con situaciones aún mucho más desiguales e inequitativas?
<hr />6. Cuadro comparativo: del proletariado industrial al siervo digital

Fuente: elaboración propia a partir de Dussel, 2007; Varoufakis, 2023/25; Bengio, 2026, Pareras, 2026; Vidal, 2026.
<hr />7. Conclusión: la insurrección de los lentos
La convergencia teórica entre Varoufakis y Dussel, mediada por Marx, nos permite diagnosticar que la crisis actual no es solo tecnológica, sino civilizatoria. El tecnofeudalismo puede ser la fase actual (o hacia la que nos estamos dirigiendo) de una colonialidad que nunca terminó, solo se digitalizó. La élite planetaria de megamillonarios no es un fenómeno accidental; es el producto lógico de un sistema que convierte la vida en rentable y la desigualdad en infraestructura. Marx nos enseñó que el trabajo es la esencia genérica del hombre, su actividad consciente y transformadora.
No hay botón de pausa. La carrera tecnológica entre Estados Unidos y China, alimentada por trillones de dólares, hará que la automatización posiblemente sea inevitable. Como dice Pareras, “nuestra sociedad está montada sobre una estructura económica en la que va a ser muy difícil ponerle un freno a este avance porque se juegan trillones” (Pareras, 2026).
Pero la inevitabilidad no es resignación. Si hay algo que enseñan tanto Varoufakis como Dussel es que el poder concentrado puede ser desafiado. Varoufakis apuesta por nacionalizar Big Tech y democratizar los feudos digitales. Dussel nos recuerda que la resistencia no vendrá de los centros, sino de las exterioridades, de las comunidades que aún no han sido completamente encerradas en el algoritmo, las formas de cooperación no mercantil, los saberes que la colonialidad no pudo extinguir. Propone una “ética de la liberación” basada en la alteridad, el reconocimiento del Otro y la construcción de comunidades pluriversales. No se trata de rechazar la tecnología, sino de descolonizar su diseño, su gobernanza y su finalidad.
Bengio y Pareras coinciden en apostar por una IA soberana, ética, competitiva y desarrollada en coaliciones internacionales. Esto implica: auditorías públicas de algoritmos, propiedad comunitaria de datos, modelos de IA abiertos y entrenados con epistemologías diversas, y marcos regulatorios que prioricen la dignidad humana sobre la eficiencia mercantil. También exige recuperar la centralidad del trabajo vivo y redistribuir la riqueza generada por la automatización mediante impuestos progresivos, renta básica y fortalecimiento de servicios públicos. “Necesitamos asegurarnos de que los beneficios que la IA trae se compartan a través de todo el mundo”, insiste Bengio.
Pero mientras los gobiernos anuncian mesas de trabajo y los parlamentos discuten regulaciones que llegarán cuando ya no haya trabajadores que proteger, Vidal sostiene que hay una tarea individual que todas y todos deberían hacer: “Si tienes entre 35 y 55 años y tu trabajo implica tareas que un sistema de visión o un brazo robótico podrá aprender en 18 meses, empieza a preguntarte qué parte de lo que haces no puede ser replicada... La formación específica, la construcción de capital relacional, la diversificación de ingresos. Ninguna de esas cosas es fácil ni rápida, pero todas son más fáciles ahora que dentro de 3 años... El refugio no desaparece de golpe, se estrecha despacio y luego lo hace de repente” (Vidal, 2026). La espera es la peor aliada del tecnofeudalismo.

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El desafío no es solo técnico; es ético, político y civilizatorio. Requiere alianzas transnacionales, marcos regulatorios audaces, educación crítica y, sobre todo, la voluntad de imaginar un futuro donde la máquina no sustituya al humano, sino que lo libere para pensar, crear y convivir en igualdad. Porque si la IA nos va a liberar del trabajo, debe liberarnos para algo, no de nosotros mismos. Y ahí el pensamiento decolonial ofrece una pista: quizás el sentido no esté en la producción, ni en el consumo, ni en la acumulación de datos, sino en la relación con el otro que el algoritmo nunca podrá medir porque el otro, por definición, es exterior a toda totalidad.
Mirándolo en perspectiva y viendo el panorama global, suena a utopía luchar por estos cambios, pero la alternativa es una distopía perfectamente funcional y funcionando. Una en la que una élite de siete, ocho o diez personas deciden el destino de ocho mil millones. Y los demás, convertidos en datos, mirando cómo dos robots hacen la cama.
Lo trágico y urgente del momento histórico, es que mientras leen esto, sus dispositivos ya están aprendiendo de ustedes. Pero los pueblos también pueden aprender de la historia. Pueden exigir transparencia. Pueden organizarse. Pueden recordar que ningún algoritmo tiene derecho a decidir quién vale y quién no. La IA puede ser el último eslabón de la colonialidad, o el primer instrumento de un sistema por fin descolonizado. La elección, aún, es nuestra. Aún estamos a tiempo de desenchufar el feudo, antes de que él nos desenchufe a nosotros.
<hr />Referencias:
• Bengio, Y. (2026). Entrevista de Jon Hernández. El Padre de la IA: “Hemos creado el Mayor Peligro de la Humanidad” - https://www.youtube.com/watch?v=TbKxcL_CH3Y
• Dussel, E. (1998). Ética de la liberación en la edad de la globalización y de la exclusión. Trotta. https://docs.enriquedussel.com/txt/Textos_Obras_Selectas/(F)22.1Etica_liberacion_1.pdf
• Dussel, E. (2007). Política de la liberación: Arquitectónica y analítica (Vol. 1). Trotta. https://docs.enriquedussel.com/txt/Textos_Libros/58.Politica_liberacion_historia_Vol1.pdf
• Marx, K. (1968). Manuscritos económico-filosóficos de 1844. Siglo XXI. (Obra original publicada en 1844) https://pensaryhacer.wordpress.com/wp-content/uploads/2008/06/manuscritos-filosoficos-y-economicos-1844karl-marx.pdf
• Pareras, L. (2026). Entrevista de Jon Hernández. “He visto documentos confidenciales y lo que he visto asusta” - Fundador Fondo Inversión con IA - https://www.youtube.com/watch?v=OwcZKkeRaps
• Varoufakis, Y. (2023). Technofeudalism: What Killed Capitalism. Bodley Head. https://eclass.uoa.gr/modules/document/file.php/ECON969/Technofeudalism%20-%20What%20killed%20capitalism.pdf
• Varoufakis, Y. (2025). In an age of failing economies and a populist backlash, I’ll tell you what we need – Marxism. The Guardian.
https://www.theguardian.com/commentisfree/2025/jul/03/marxism-economy-populism-tech-karl-marx
• Vidal, M. (2026). El fin de los trabajos ‘seguros’: qué hacer antes de que sea demasiado tarde. https://www.youtube.com/watch?v=lTgvfWGJAfw

